SEMANARIO PALMAS Y PITOS.
Foto ovación a Garrido en el segundo.
Con regular entrada y buena tarde se lidiaron 4 mansos de Madrid.
Luis Mauro en el primero no se confió, 1 pinchazo y una estocada que el público ovaciona.
Gregorio Garrido en el segundo hizo una faena bonita pero bailada,media buena(ovación y oreja)
En el último hizo varios adornos y una faena movida y deslucida para un pinchazo y una caida.bregando bién Casares y Pito.Banderilleando Velasco,Asturiano, y Chatín.
Ricardo T. Glez.
JAVIER GARCÍA CELLINO 29/07/2008 La nueva España
No hay ninguna duda de que quien esté interesado en la
suerte de la tauromaquia tendrá que internarse en las aguas profundas de ese
monumental tratado taurino que es El Cossío.
Su autor, el escritor y polígrafo vallisoletano José María de Cossío y Martínez
Fortún, que fue miembro de la Real Academia Española, tenía amistad con Miguel
Hernández y con Valle Inclán, que también sabían mucho de toros y que entendían
la fiesta como un teatro insólito, griego y heroico.
Y dado que no hay un gran teatro que no se precie de tener sus propios ritos,
del mismo modo la fiesta de los toros tiene los suyos particulares, que, entre
otros, comienzan a la cinco en punto de la tarde, al igual que esos versos
enardecidos y llenos de dolor de «La cogida y la muerte» -uno de los cuatro
poemas que componen el famoso «Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez
Mejías»-, y con los que Federico García Lorca quiso honrar la memoria de su
amigo, el torero sevillano fallecido de una cornada, al inicio de la faena, en
el año 1934 en el ruedo de Manzanares (Ciudad Real).
Para no ser menos, también aquella tarde de julio de 1959, a las cinco en
punto, como mandan los cánones, se celebró en Sama de Langreo, con motivo de
las fiestas de Santiago, una novillada.
El cartel estaba compuesto por Manolo Carreño y Manolo Blázquez,

los novillos
pertenecían a la ganadería de Molero Hermanos, de Valladolid y, como fiel
testigo de los hechos, se encontraba Francisco López del Hoyo, «Paco», un niño
que aún no sabía que años después iba a convertirse en un avezado líder
sindical en la empresa Perfrisa -tenía el número 115, por cierto-.
Y desde los ojos asombrados de ese niño que estaba ya dejando de serlo para
convertirse en un joven espigado e inquieto, fui enterándome de que el interior
de la plaza -«Paco» no había podido acceder a ella debido a motivos económicos,
lo que resalta aún más la fidelidad de su memoria- estaba abarrotado de
público, y de que el espectáculo comenzó con un paseíllo de la Banda de Música
de Langreo, dirigida por Ángel Curto Burón, natural, al igual que «Paco», de
Villanueva del Campo (Zamora).
Después, y como si los pliegues de la memoria de «Paco» -un gran admirador del
actual torero José Tomás- se confundieran con las página de El Cossío, supe, entre
otros detalles, que en aquella plaza de madera situada en Los Llerones, Manolo
Carreño vestía de Burdeos mientras que Manolo Blázquez lo hacía de rubio, que
el numerosísimo público comentaba que los novillos eran muy grandes o que
Manolo Carreño salió llorando después de su faena.
Y todo ello, como en los grandes festejos, sucedió a las cinco de la tarde. A
esa misma hora en la que un toro pequeño, manso y astifino, de nombre
«Granadino», le dio una cornada mortal a Ignacio Sánchez Mejías, que, además de
famoso torero, fue un escritor y miembro destacado de la Generación del 27. «A
las cinco de la tarde / Eran las cinco en punto de la tarde / Un niño trajo la
blanca sábana / a las cinco de la tarde».